El confinamiento vivido durante estos tres meses ha sido aprovechado por la sociedad de muy diferentes formas. Unos han optado por echar músculo, otros por fomentar las relaciones sociales charlando con ese vecino al que ni conocían y la mayoría, visto ahora desde una cierta distancia y libertad, hemos “disfrutado” de un tiempo único e irrepetible para hacer una parada en nuestras vidas. Parar y reflexionar.

Ha habido también protagonistas de excepción: los sanitarios, el personal de limpieza, los reponedores y toda la gente solidaria que aprovechando el parón ha echado una mano a los más vulnerables, a los más necesitados. Entre ellos nuestros ancianos. La tercera edad, esa vejez olvidada que por una vez, y paradójicamente de la forma más triste, ha pasado a un primer plano.

 El día 15 de junio se celebra también el Día Mundial de la Toma de Conciencia del Abuso y Maltrato en la Vejez, uno de esos días en los que organismos como la ONU nos recuerdan de forma algo vergonzosa que nuestros mayores están ahí. No debería ser así. No debería haber días especiales para recordar nada ni a nadie pero mientras no seamos plenamente conscientes de los problemas que aquejan a esta sociedad, y en concreto a nuestros ancianos, estos días siguen siendo necesarios.

Así que en honor a este día y con la memoria aún dolorida por el recuerdo de todos los abuelos fallecidos durante esta pandemia, reivindico el respeto hacia nuestros mayores. Siempre me ha parecido admirable el tratamiento que los países orientales otorgan a sus antecesores. Estos son en muchos casos el pilar de la sociedad y en ese sentido educan a los jóvenes para valorar y venerar a sus ancianos. La cultura occidental por el contrario, tan “avanzada y moderna”, ha cerrado la puerta a la sabiduría, a la experiencia, a la serenidad. Y así lo hemos visto durante este obligado encierro. Porque aunque a algunos les hayamos ayudado a hacer la compra, a otros muchos, la inmensa mayoría, los hemos dejado morir solos en sus habitaciones. No han sido los cuidadores en las residencias, por supuesto, ni los sanitarios, que bastante tenían ya, hemos sido todos, como sociedad, lo que les hemos abandonado desde hace mucho tiempo. Por no reclamar y denunciar todas las carencias que ahora sí, en este trágico momento, han quedado expuestas encima de la mesa. No hablo de ideologías, ni de partidos políticos. Hablo de sociedad y sobre todo, de respeto.

Creo que estamos a tiempo. Esta enfermedad nos ha dado una dura lección pero hay que aprovecharla. No esperemos un nuevo rebrote para actuar porque ya no habrá coartada. Es necesario trabajar desde nuestros hogares por la dignidad de los mayores. Ensalzando su figura ante nuestros hijos, respetando sus anhelos y decisiones, manteniéndoles informados, activos, vitales, fomentando sus relaciones, y evitando con la denuncia social toda clase de maltrato ya sea físico, psíquico o económico. Los estudios hablan de vejaciones -incluso por propios familiares y cuidadores- de malnutrición, de intoxicación por abuso de medicamentos, de patologías por falta de atención y movilidad, una bochornosa lista de problemas adicionales al simple hecho de ser anciano.

Debemos entender de una vez por todas que ellos son nuestro futuro. La imagen viva y real de lo que vamos a ser mañana. No seamos tan miopes al no ver que todo lo que hagamos por ellos, en definitiva, lo estaremos haciendo por nosotros mismos.