*Foto en una playa de Normandía, en 2019, donde viajó él solo y sin hablar el idioma. Todo un reto.

Javi -como prefiere que le llamen- tiene 39 años y es la primera persona que ha aprobado una oposición para personas con discapacidad intelectual para el Servicio Gallego de Salud. Un ejemplo de superación. Se siente a gusto en el trato con niños, es un apasionado de la antropología y tiene una máxima: «Si fracasamos que sea por intentarlo»

¿Quién es Javi Fernández?

Soy una persona habladora, optimista que intenta agradar demasiado, un poco cabezota y espontánea. ¡A veces, tengo muy poco filtro! (risas) Quizás por eso me siento tan a gusto entre niños. Desde hace años soy voluntario de la Cruz Roja y trabajo con niños con problemas de integración social y escolaridad.

Sé que tuviste una experiencia complicada. ¿Quieres explicarnos brevemente qué ocurrió? 

En 2001, con 19 años me dirigía a la Universidad de La Coruña, donde estudiaba Ingeniería Informática. Bajando las escaleras de la estación, me caí, supongo que porque me desmayé… Esto me lo han contado, no recuerdo nada. Me levanté por mi propio pie y me volví a caer y ya no me levanté hasta un mes después. Parece ser que tenía una malformación cardíaca de nacimiento, una válvula anómala y asintomática que no me habían detectado.

Siempre lo digo: fue gracias al vigilante de seguridad -que tenía conocimientos de primeros auxilios y me mantuvo con masaje cardíaco hasta que llegó la ambulancia- que hoy puedo contarlo.

¿Qué consecuencias tuvo?

Estuve un mes en coma. Cuando desperté tenía todos los sentidos afectados, en especial la vista, que no recuperé hasta 15 días después. A pesar de todo, pensaba que estaba bien, pero no era así. La falta de riego sanguíneo en el cerebro, provocada por mi problema cardíaco, causó daños cerebrales irreparables. Ahora mi cerebro va más lento, tengo problemas de comprensión lectora, de atención y de memorización. También, me cuesta mantener el equilibrio. He intentado volver a ir en bicicleta… y, aunque lo conseguí, mejor no tentar a la suerte (risas).

Me desperté con 20 años, pero siendo un niño de 7 u 8 años de mentalidad.

¿Cómo te enfrentaste al día después?

Visto ahora, me enfrenté mal. Pensaba que ya estaba recuperado y que mi problema de cerebro iba a estar bien en dos o tres días.

Una reacción normal… ¿no?

Quizás… El no ser consciente de mis limitaciones me ayudó a hacer cosas que de otra manera no hubiera hecho. Por ejemplo, tenía el recuerdo de que era muy buen nadador y el primer día que fui a la piscina la socorrista tuvo que bajar a por mí… ¡Menos mal que no me tiré de cabeza!

Un año después del incidente empecé un ciclo de informática que superé “raspao” y gracias a una chica que me ayudaba en casa. Antes era muy buen estudiante.

No nos tenemos que comparar con quien éramos, siempre perderemos, pero sí probarnos.

En tu caso, el daño cerebral es adquirido. ¿Cómo se integra tu entorno a esa nueva realidad?

Al principio, todo el mundo se volcó en mí. Hasta uno o dos años después, mis amigos fueron una gran ayuda. Estuvieron todos conmigo y me intentaron volver a meter en el grupo. Tiempo después me sentí solo, cuando fui haciendo vida y no podía seguir el ritmo de conversaciones por falta de recuerdos de lo que hablaban. Poco a poco fui perdiendo relación con todos ellos, pero estuvieron en mis peores momentos.

Y ahora, ¿cómo te encuentras?

Mejor, en el hospital me «reiniciaron», hice un reset. Si me ves por la calle no te das cuenta que tengo un problema.

¿Siempre has tenido claro que querías opositar?

No, surgió mucho más tarde.

¿Qué te ha motivado a hacerlo?

Quién (aclara). Fue mi madre la que me animó a presentarme a una oposición para tener una estabilidad económica y llevar una vida más autónoma.

¿Qué ha representado para ti superar las oposiciones?

Tener un proyecto de vida más férreo y un orgullo. Anteriormente me había presentado a dos convocatorias por lista general, pero no hubo suerte. A finales de 2017 me presenté a la convocatoria para personas con discapacidad intelectual y la aprobé. Dos años después me otorgaron una plaza de celador en el CHUS (Hospital Clínico Universitario de Santiago), donde trabajo actualmente.

¿Ha cambiado tu forma de ver la vida?

¡Muchísimo! 180 grados.

¿En qué sentido?

Ahora mi vida está más enfocada hacia la ayuda. Entiendes más las necesidades de los demás. Antes era una persona que no tenía esta consciencia social, no pensaba en los demás. Era un adolescente y mi preocupación era pertenecer a un grupo social. 

Y ahora… ¿cuál es tu meta?

El año pasado me matriculé en Antropología en la UNED (Universidad Nacional de Educación a Distancia). Me fascina el proceso mental de los presos en los campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. Necesito hacer cosas y mantenerme mentalmente activo.

¿Qué les dirías a otras personas que están en tu misma situación?

Que escuchen a los profesionales, al psicólogo, al logopeda… Yo creía que no los necesitaba, no les hacía caso, especialmente al psicólogo. Después te das cuenta que te hacen falta. Es importante también que se abran a conocer otros entornos y hacer nuevas amistades. Uno de mis problemas fue que me anclé en recuperar lo que ya tenía. Que tengan un grupo social diverso, no creo en la homogeneidad en los grupos de amigos.

Si se fracasa, que sea por intentarlo.

¿Alguna otra reflexión que quieras compartir?

La gente con discapacidad somos parte de la sociedad, con sus cosas buenas y malas. No queremos sobreprotección, sino más normalidad. También me gustaría decirles a los amigos de personas que han pasado por una situación parecida a la mía que no fuercen la amistad si esa persona ya no les agrada como es. Que la dejen ir. A mi me dolió mucho, pero lo agradezco y lo entiendo. Ahora soy una persona totalmente diferente y he recuperado amistades de entonces, pero siendo como soy ahora. Que no vivan del pasado.

No queremos sobreprotección, sino más normalidad.