El estrés es una respuesta natural del organismo. Aparece cuando nos vemos sometidos a un desequilibrio entre las demandas del entorno y los recursos de los que disponemos para hacer frente el día a día. Esto perjudica la capacidad con la que nos enfrentamos a los diversos eventos, provocando una cadena de dificultades que impiden actuar y responder de forma correcta.


Por ejemplo cuando queremos hacer todo a la vez: ir al gimnasio, buscar a los niños o estar con nuestra pareja, pero al mismo tiempo tenemos que trabajar, disponer de unas horas de descanso o hacer la compra y a todo esto hay que añadirle el correspondiente tiempo de desplazamiento en coche y al final no nos cunde en un día. Todo ello nos repercute y dificulta que podamos seguir abordando otros problemas.


El estrés puede estar provocado por diversos elementos como cambios en nuestra situación personal, incertidumbre, pérdida del control de las situaciones (que puede ser imaginaria o real), ambigüedad ante el momento que vivimos, o situaciones en las que no se sepamos qué hacer.


Las fuentes de origen del estrés pueden ser sucesos vitales extraordinarios, eventos de menor intensidad u otros mantenidos en el tiempo, como por ejemplo: fallecimientos, despidos, problemas de tráfico, una mala relación de pareja, problemas en el trabajo…


Además, hemos de tener en cuenta que el estrés se manifiesta de muchísimas formas en el cuerpo. Podemos tener desde síntomas físicos como dolores musculares, problemas digestivos, dolores de cabeza, problemas de piel, sudor frío, palpitaciones, hormigueos, sensación de ahogo…, hasta síntomas cognitivos como agotamiento mental, dificultad de concentración o para tomar decisiones, falta de motivación, irritabilidad, ganas de llorar…


Al mismo tiempo, podemos tener comportamientos concretos como lloros continuados, huir de las cosas o rechazarlas, discutir, dificultades para dormir, descuidar hábitos saludables (como no comer adecuadamente, dejar de hacer deporte, consumir grandes cantidades de alcohol, trasnochar y perder horas de sueño). Todo ello acaba traduciéndose en un malestar general, tal y como normalmente indican los pacientes.


Es un problema que afecta a la mayoría de la población, independientemente del género. De hecho, se empiezan a detectar casos tanto en poblaciones infantiles como en personas mayores. Constituye el motivo de consulta principal en atención primaria de los centros de salud.


El estrés momentáneo o pasajero es adecuado porque nos permite movilizarnos para afrontar adecuadamente una situación concreta (por ejemplo: un viaje, una mudanza…). Sentir en esos momentos estrés es normal porque nos permite prepararnos bien y no echar en falta nada.


Como has podido comprobar el estrés no constituye en sí una enfermedad, pero si se mantiene durante largos periodos de tiempo tiene un gran coste para la salud y puede originar un gran desgaste al organismo. ¿Cómo? Disminuyendo la efectividad del sistema inmune. Por ejemplo, no es extraño ver a estudiantes que, al final del período de exámenes, caen enfermos porque han atravesado un largo periodo de estrés y su sistema inmune ha hecho un gran sobresfuerzo.


También el estrés mantenido en el tiempo puede provocar graves problemas de salud irreversibles como: hipertensión arterial, colon irritable y dermatitis, entre otros.


Tener la idea de no padecer estrés, es incorrecto. Lo correcto es que se debe aprender a gestionarlo adecuadamente a través de diferentes estrategias que un profesional de la psicología puede enseñar. Entre ellas se encuentran técnicas de relajación, técnicas de manejo de las interpretaciones hacia los sucesos, planificación adecuada del tiempo y recuperación de hábitos saludables.


En ocasiones, es adecuado acompañarlo de una medicación psicofarmacológica para ayudar a mejorar.
Con esfuerzo, paciencia y dedicación del profesional y de la persona afectada, se puede recuperar el bienestar y la calidad de vida.