La celebración de lo que hoy conocemos como “Hallowen” tuvo sus inicios en Irlanda hacia el año 100 d.C. Era un festival pagano que los celtas denominaban  “Samhain”, que significa “el final de la cosecha” en gaélico.Era considerado como el Año Nuevo Celta,  coincidiendo con el solsticio de otoño.

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Los antiguos celtas paganos almacenaban provisiones y sacrificaban ganado para prepararse para el invierno. Los celtas creían que en esa noche la línea que une a este mundo con el de los muertos se estrechaba y los espíritus buenos y malos podían pasar a través de ella. Así que encendían grandes hogueras para ahuyentar a los malos espíritus, pues la muerte se infiltraba entre los vivos con la intención de llevarse algunas almas. La única forma de que no se les llevarán consigo era pareciéndose a ellos, por los que se ponían máscaras y trajes que daban miedo.

 El Samhaín tuvo gran repercusión en los pueblos celtíberos de Centroeuropa, las islas británicas, y el norte de España. Cuando llegó la ocupación romana a esas tierras celtas la festividad se mezcló con las propias de los invasores como la “fiesta de la cosecha”.

El cristianismo, por su parte, creó el Día de Todos los Santos, en el que se conmemoraba a todos los mártires perseguidos durante los primeros siglos de vida de la religión. En un primer momento, esta fiesta se comenzó a celebrar el 13 de mayo pero, por orden del papa Gregorio III, la festividad pasó a celebrarse el 1 de noviembre con el objetivo de sustituir a la fiesta del ‘Samhain’ que era una fiesta pagana.

Los inmigrantes irlandeses llevaron consigo versiones de esta tradición en torno a la década de 1840 a Norteamérica, donde se hizo muy popular.

Hoy, 31 de octubre, tal vez sea una buena fecha para hablar de la muerte propia y la de los demás porque sucederá tarde o temprano; un tema tabú en la sociedad actual, que idolatra la juventud y que rehúye la vejez y el fin de la vida. Le damos valor a la juventud, al dinero, al amor… a todo lo positivo. La ancianidad, la enfermedad y la muerte son lo opuesto, y es lógico que rechacemos la realidad de que moriremos un día. Lo que sucede es que negamos nuestra propia mortalidad y nos engañamos con que nunca sucederá…. Entonces mejor no hablar de ello, no tocarlo y no prepararse.

Debemos aprender a afrontarlo. Somos incapaces de hablar de ello con personas que lo acaban de sufrir, no sabemos acompañarles, les huimos, desaparecemos de su lado y eso a veces genera un distanciamiento difícil de reconciliar. Debemos aprender a acompañar a las personas cercanas que están en duelo.

Mantenemos la muerte desligada de nuestra vida olvidándonos que es una etapa más de ella. No nos educan para ello, pero debería tratarse desde la escuela y seríamos más justos y felices.

Artículo de Marta Díaz, presidenta de Información Sin Fronteras (InfoSF).